De Gardel a Yeison: El Vuelo Eterno hacia el Olimpo

De Gardel a Yeison: El Vuelo Eterno hacia el Olimpo

La historia de la música popular en Colombia parece estar regida por un determinismo trágico; una suerte de guión repetido donde la gloria y el asfalto de las pistas de aterrizaje se encuentran para arrebatar a los ídolos en su cúspide. Hablar de Carlos Gardel y de Yeison Jiménez es invocar un parangón estremecedor entre dos fenómenos que, aunque hijos de épocas y géneros distintos, lograron conectar con la fibra más profunda del pueblo. Sus muertes, casi calcadas bajo el rugir de los motores en despegue, no solo silenciaron sus voces, sino que los consagraron como deidades prematuras en el altar de la memoria colectiva.

Dos Ídolos, Una Misma Esencia

Carlos Gardel, el «Zorzal Criollo», nació en Toulouse, Francia, el 11 de diciembre de 1890 (aunque su corazón y nacionalidad pertenecieran al Río de la Plata). Fue el hombre que internacionalizó el sentimiento del arrabal, convirtiendo el tango en el consuelo de una generación. Por su parte, Yeison Jiménez nació en Manzanares, Caldas, Colombia, el 26 de julio de 1991. Él se erigió como el estandarte de la música popular contemporánea, llevando el sentir del campo y la superación personal desde las plazas de mercado hasta los grandes estadios.

Ambos compartían una característica vital: la autenticidad. Sus públicos no solo los escuchaban; se veían reflejados en ellos. Eran hombres que venían de abajo y que, a través de su arte, habían alcanzado una cima que parecía inalcanzable. Gardel representaba la elegancia y la melancolía urbana; Jiménez, el triunfo del «hombre de a pie» y del despecho.

El Minuto Fatídico: Medellín y Paipa

El paralelo más sobrecogedor reside en la forma y el momento de su partida. El 24 de junio de 1935, el mundo quedó atónito cuando el avión Ford Trimotor en el que viajaba Gardel perdió el control durante las maniobras de despegue en el Aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. A los 44 años, en la plenitud de su madurez artística, el fuego consumió al mito, pero dio origen a la leyenda.

Décadas después, el destino decidió repetir la rima trágica con una precisión cruel. En un accidente que parece un espejo temporal, Yeison Jiménez perdería la vida en condiciones casi idénticas: un siniestro de aviación justo en el momento crítico del despegue, esta vez en el Aeropuerto Juan José Rondón de Paipa, Boyacá. En ambos casos, el estruendo del motor interrumpido marcó el inicio de un luto nacional. La juventud de ambos —uno en su consagración y el otro en la explosión de su carrera— dejó una sensación de interrupción violenta, un libro que se cierra justo en su capítulo más brillante.

Los Nombres Detrás de las Pistas

Es relevante notar que los escenarios de sus muertes llevan nombres de figuras que forjaron la historia de Colombia, añadiendo una capa de solemnidad patriótica a la tragedia:

  • Enrique Olaya Herrera (Medellín): Bautizado en honor al presidente que lideró la transición hacia la modernidad liberal en los años 30. Que el «Rey del Tango» muriera bajo el nombre de un reformador civilista subraya el fin de una era de elegancia y diplomacia cultural que Gardel personificaba.
  • Juan José Rondón (Paipa): El aeropuerto rinde homenaje al coronel venezolano, héroe de la independencia, cuya carga de lanceros en el Pantano de Vargas salvó la patria. Que el ídolo de la música popular, un género que exalta el orgullo de la tierra, pereciera bajo el nombre del lancero más aguerrido, conecta la muerte de la estrella con la tierra misma donde se gestó la libertad colombiana.

El Olimpo de los Inmortales.

Al morir jóvenes y en pleno vuelo —símbolo máximo de la ambición humana—, ambos evitaron el declive natural de los años. Quedan congelados en el tiempo, en la plenitud de su belleza y talento. Gardel sigue cantando cada día mejor en el imaginario del tango, y Yeison Jiménez permanece como el triunfador incansable del pueblo.

Sus seguidores no aceptan la muerte, sino que los elevan al estatus de dioses laicos. Hoy, tanto en Medellín como en Paipa, el aire parece conservar un eco de sus melodías. La tragedia los unió en un abrazo histórico: el del ídolo que despega de la tierra para nunca aterrizar, ascendiendo directamente a un Olimpo prematuro donde la música es eterna y el aplauso nunca cesa.

La Premonición: «Bendecida» y el Adiós

Como si el arte tuviera la capacidad de ver más allá del tiempo, las letras de Yeison Jiménez hoy resuenan con un eco profético.

Al igual que Gardel, quien en su tango «Silencio» hablaba de la quietud de la muerte, Jiménez parecía intuir que su paso por la tierra sería tan fulgurante como efímero. Hoy, ambos habitan un Olimpo prematuro donde la música es eterna. Se fueron en el despegue, quizás porque sus almas ya no pertenecían a la tierra, sino a la inmensidad del cielo que finalmente los reclamó.

EL EDITOR L.F.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Excelente columna, no tenia conocimiento que Carlos Gardel habia muerto en Colombia, desconocía sus historia. Enriquecedora nota.

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